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Dejemos de hablar de unidad

Dejemos de hablar de unidad
¿Podemos hablar un poco menos de unidad y un poco más de los motivos de la apatía y desconexión generalizada que siente a día de hoy el pueblo progresista? ¿Podemos, de hecho, hablar un poco menos y escuchar un poco más? Ha regresado el tema de la unidad de la izquierda, quizás el tema más aburrido del mundo, el más tedioso e insoportable. Pareciera que no basta con las olas de calor, que no hay sopor suficiente: la conversación sobre la unidad vuelve siempre, como el canto de las cigarras en verano. Más allá de que optimizar cómo uno se presenta a las elecciones está bien, y de algunos hechos innegables, como lo son los umbrales de entrada, las circunscripciones provinciales o las propias fórmulas que tendrán los adversarios políticos de presentarse ellos, toda conversación sobre la unidad es síntoma de una derrota. Que conste que no lo digo en absoluto oponiéndome a la unidad, cuando esta tiene sentido: sólo constato que algo falla cuando la izquierda pasa el rato hablando del orden de los factores y si estos alteran el producto, de árboles familiares y esquemas relacionales, formas de organización, vidas internas insufribles. Me sentí muy identificada con las palabras de la ex legisladora de la Ciudad de Buenos Aires Ofelia Fernández en el canal de streaming Gelatina, al cual recomiendo prestar atención, como a todo lo que sucede en otros lares y que aquí llegará tal vez más tarde. El peronismo, dividido en varias corrientes y enfrentado consigo mismo, sin un liderazgo claro más allá de la figura proscrita de Cristina Kirchner —y ahora albergando kirchneristas, massistas, kicillofistas, a los de Patria Grande, etcétera, etcétera— logró presentar, particularmente para la Provincia de Buenos Aires, una lista de unidad montada en la ultimísima hora. Ningún nombre particularmente emocionante ni con mucha idea nueva, más allá de que ‘Fuerza Patria’, denominación de esta candidatura, era la fuerza para frenar a Milei. Ok. Cualquier parecido con realidades españolas es coincidencia. Lo que dijo Ofelia Fernández, en un tono muy crítico y muy duro: “Yo los veo cómodos armando la misma estrategia electoral de siempre. La intención de ir y acomodar como se pueda para sacar más diputados tiene un riesgo muy claro: que nos encontremos con que nuestro mayor esfuerzo fue la intención de juntarnos y, una vez juntados, Milei nos rompa el orto. Como votante, capaz me la fumo, voy y lo voto. Como militante, no voy a militar para esto, no elegí la militancia para esto.” Hace dos años, antes de las elecciones generales de 2023, en una columna para este mismo periódico, escribía un análisis prospectivo sobre cuáles eran las opciones que tenía ante sí Sumar, qué es lo que podía ser. Lo hice un mes antes de entrar a formar parte de la campaña de Sumar y luego de su dirección, con todos los aprendizajes, errores, fracasos y frustraciones que eso ha conllevado. Me preguntaba, en aquel momento, qué podía ofrecer Sumar más allá de la promesa de la suma, la idea de una labor aglutinante. Identificaba que el peligro era acabar siendo una mera confluencia girondina de izquierdas y abandonar por el camino la capacidad propositiva, la imaginación política. Mi hipótesis preferida, ya por aquel entonces, era la de una suerte de apuesta entre el tecnopopulismo y el ecosocialismo para el momento político posterior a la pandemia, una respuesta a los deseos identificados de certezas y orden. ¿Lo que funcionó en 2023 fue el enorme esfuerzo por juntarse, la unidad por la unidad? Creo que no. Se hizo una campaña electoral que se atrevía a mover la conversación y plantear cambios de paradigma, hablar de derechos universales, de una herencia universal o de la prestación mensual incondicionada por hijo a cargo; hoy todo se olvida, pero en aquel momento hubo gente ilusionada, incluso después de la debacle de las autonómicas y municipales. Tengo la intuición, y es una intuición desagradable, de que la tendencia general, al menos en la inercia y si las cosas no se mueven, es a copiar y repetir los fetiches del pasado mientras no se formulan hipótesis convincentes sobre qué ha pasado —más allá de la ruptura con Podemos, que tampoco puede explicarlo todo— para pasar de los tres millones de votos al millón y medio. En el contexto español, las voces políticas en activo (o en la reserva) que han hablado de forma más interesante en las últimas semanas sobre qué proyecto y qué fórmula para las izquierdas han sido, a mi parecer, Gabriel Rufián y Mónica Oltra. Pero agosto es largo, el tema dará para más y quizá haya que abordar la insinuación plurinacional de Rufián en otro momento. Según declaraba Oltra en un acto público en València, ante 200 personas en un viernes de agosto, fuera un sol de justicia, la unidad sólo puede ser un paso final. La unidad va después de la reconstrucción “de un paradigma moral universal”, después de tocarle las narices a la oligarquía, después de que la izquierda despierte del letargo en el que está. Lo que escribo aquí no se aleja mucho de lo que he defendido también internamente hasta hace ya cinco meses, cuando abandoné la dirección de Sumar y la militancia. Asumo la parte de culpa que me toca en no haber hecho lo suficiente por impedir ese letargo. Hay muchos también hoy pensando directamente en cuál va a ser el horizonte después de Sumar, lleguen las próximas elecciones generales cuando lleguen. Temo que quienes piensan en eso vean esas próximas elecciones como un accidente en el cual salvar los muebles, hacer pactos para tener algún diputado, asumir sin más que gobernará la derecha y cavar honda la trinchera de resistencia, cargos y liberados. En fin: que se arme a futuro la misma estrategia electoral de siempre, que cada uno vaya, se acomode, el mayor esfuerzo sea la intención de juntarse y todo acabe con Abascal vicepresidente. Para que eso no suceda: ¿podemos hablar un poco menos de unidad y un poco más de los motivos de la apatía y desconexión generalizada que siente a día de hoy el pueblo progresista? ¿Podemos, de hecho, hablar un poco menos y escuchar un poco más?

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