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Los mil hombres de Bonnie Blue

Los mil hombres de Bonnie Blue
Las redes están tomadas estos días por historias sobre esta mujer que pasó en menos de dos años de trabajar en una oficina para la sanidad pública británica a convertirse en la actriz porno más famosa –y más controvertida– del momento Si no has oído hablar de Bonnie Blue, es porque no estás entre su público objetivo. Las redes están tomadas estos días por historias sobre esta mujer que pasó en menos de dos años de trabajar en una oficina para la sanidad pública británica a convertirse en la actriz porno más famosa –y más controvertida– del momento e ingresar cientos de miles de dólares al mes en Onlyfans. No es poca cosa. Esta especie de Youtube de pago, que ofrece a los creadores un canal privado y la posibilidad de que sus fans se suscriban para acceder a él, se ha convertido en la casa del porno amateur en Internet. En 2023 facturó 6.600 millones de dólares y tiene cuatro millones de cuentas de creadoras volcando contenido para 300 millones de espectadores. Como ella misma explica, para abrirse camino en esa jungla, Blue “necesitaba una propuesta de venta”, y la encontró en la idea de acostarse con hombres “normales” a los que sus mujeres (o las mujeres, en general) estaban negando el sexo que ellos deseaban… y que se merecían. Si algo estaba haciendo, era enmendar una injusticia. Así que reclutaba hombres por la calle para acostarse con ellos y subir luego el contenido a su plataforma. Esa idea produjo en su día cierto revuelo, pero con el tiempo dejó de producir la reacción airada de las mujeres en redes sociales. Entonces Blue fue un paso más allá. Empezó a ir a la puerta de las universidades a buscar chicos tan jóvenes como fuera posible, de manera que tener relaciones fuera “legal por los pelos” (“barely legal', en inglés). Se dirigía así a una audiencia de adolescentes que desde entonces la ha convertido en una habitual de sus redes (pregúntele a los que tenga alrededor) al tiempo que provocaba al resto del mundo que, con su escándalo, le hacía la promoción de la idea. Desde entonces, ha ido elevando la apuesta. Hace unos meses, anunció que iba a romper un “récord mundial” al mantener relaciones con todos los hombres que acudiesen a una localización en el centro de Londres en la que estaría durante 12 horas a su disposición. La hazaña completa sería grabada y emitida en su plataforma. 1.057 acudieron a su llamada; los mil hombres de Bonnie Blue. Meses después, volvió a la carga. Anunció que lo volvería a hacer, solo que esta vez estaría encerrada y atada en una jaula, para que cualquier hombre pudiera “hacer lo que quisiera con ella”. Llegó a tal extremo (de fama y de escándalo) que Onlyfans terminó por cancelar su cuenta por promover la cultura de la violación. Durante todo este tiempo, Blue siempre ha defendido que ella es una feminista. Una “trabajadora social”, incluso, que ayuda a los hombres a tener el sexo que desean. Hace unos días, el canal británico Channel 4 emitió un documental sobre ella que ha trasladado el debate de las redes a los medios británicos y americanos. La periodista Sophie Wilkinson ponía en X una de las caras de ese debate: “Tras décadas en las que los hombres han hecho una categoría del porno barely legal, una mujer se convierte en el foco de la ira por acostarse con adolescentes”, “Ella es un engranaje en una máquina mucho más grande. Y yo quiero saber quién le hizo daño”. ¿Es Bonnie Blue un ejemplo de liberación sexual? ¿Es una mujer empoderada que ejerce su libertad como le da la gana y gana dinero por el camino? ¿O es una víctima del patriarcado que se somete voluntariamente a una tortura inexplicable en aras de conseguir la aprobación del mundo más machista? ¿Es una depredadora sexual? ¿Es una zorra? ¿Es una marioneta? ¿Quién mueve los hilos de este personaje? Cuando comencé a ver el documental, tenía la esperanza de verme arrastrada yo también a ese debate. Personalmente, me considero una defensora testaruda de la libertad de las mujeres para hacer lo que crean conveniente con su cuerpo, con su imagen y con su identidad. Lo contrario, pretender que deben comportarse de una manera determinada –o escandalizarse porque no lo hacen, que viene a ser lo mismo–, me parece una forma de “cultura de la pureza”. Un sesgo cultural que nos lleva, empujados por la tradición judeocristiana, a pensar que las mujeres son responsables de la moral del grupo. Que, como Eva en el paraíso, son las causantes de la corrupción de los hombres, de provocar el pecado. Que la responsabilidad de que todos esos adolescentes vean contenidos sexuales es de ellas y no de los propios chavales (o de sus padres). Pero es verano, y nada más agradable que, en una tarde plácida, alguien o algo te haga cambiar de opinión. Y este ejemplo extremo tenía todas las papeletas para remover unos principios que creía sólidos. La historia que encontré estaba en las antípodas de una víctima de nada: era la de una mujer obsesionada con el dinero y la notoriedad. Una persona muy inteligente y con una intuición extraordinaria para pescar en el mercado de la atención que no tenía ningún reparo en ofender a quien fuera necesario para llegar a su “público objetivo” que eran, al mismo tiempo, sus fans y sus clientes. Una figura de la economía de la atención –o, mejor, de la economía de la indignación– que hemos visto muchas veces. Mi sensación es que Bonnie Blue haría crochet, hornearía tartas, se grabaría haciendo el pino sobre la nariz o haría cualquier otra cosa que le reportara el mismo nivel de poder y notoriedad. Si ha elegido el sexo, no es porque sea una víctima, ni una pervertida, ni porque esté manipulada por nadie, sino porque ese es el tabú que tenemos los demás y donde consigue tocar todas nuestras fibras sensibles. No me convencí de nada. Ni siquiera sentí estar en ese debate sobre el feminismo. Más bien tuve la sensación de estar viendo uno de esos concursos americanos donde un grupo de personas se retan a comer alguna de las guindillas más picantes del mundo delante de una audiencia. Entre sudores, vómitos y desmayos varios, hay gente que acaba en el hospital. O esos otros en los que (otros americanos, por lo que sea) se retan a comer tantos perritos calientes como sean capaces y terminan engullendo como pollos casi 100 en diez minutos. Si estos últimos no terminan vomitando, es porque lo prohíben las reglas del concurso. Pero una acaba por concluir que eso es lo que tienen en común todos estos despliegues de obscenidad contemporánea: dan arcadas. Por lo demás, no me encontré delante de un debate sobre feminismo, ni sobre los derechos o libertades de nadie, sino sobre lo grotesco en la economía de la atención. Sobre cómo nos encontramos, a veces, desarmados ante estos fenómenos que activan nuestros resortes más primarios, incapaces de no tener una opinión, de no escribir un artículo, de no buscar compulsivamente más información sobre el tema y sus repercusiones, de no pasarnos toda la semana pensando en ello. En medio de este huracán de apariciones mediáticas, el rey de lo grotesco, Andrew Tate, un youtuber conocido por ser el líder global de la manosfera, por tener varias causas pendientes por violación y ser un habitual de la provocación, se entrevistó con Bonnie Blue esta semana y dejó una frase que resume bien quiénes son este tipo de personajes: “Vivimos en un mundo de payasos y a mí me gusta el circo”. Pues eso.

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