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Vacaciones menguantes

Mientras que el presidente del Gobierno saca pecho por su gestión para atraer a cien millones de turistas y proyectar a nuestro país en un supuesto milagro económico, la realidad vuelve a interponerse con dureza. El cohete en el que metafóricamente sitúa Pedro Sánchez a la economía española se deja cada vez más personas en tierra. Que estas son las vacaciones más caras de la historia es una realidad que se repite con pegajosa insistencia desde hace al menos tres años y constriñe las posibilidades del necesario descanso y ocio de los ciudadanos. Los datos macroeconómicos de crecimiento del PIB de los que presume el Gobierno no se traducen, desafortunadamente, en un aumento del bienestar de los ciudadanos. Cuando se traslada el foco de los números macro a las vidas de los españoles, las alegrías son menos. En este caso, las cifras indican que cada vez pueden permitirse menos vacaciones y esto afecta a todas las capas de la sociedad, principalmente a la clase media. Lo que se desprende de las encuestas y de la experiencia de los destinos nacionales es que los españoles tienen que ahorrar en unas vacaciones que cada vez les resultan más caras y que, como tantos otros gastos de las familias, han crecido por encima de los salarios de forma desproporcionada, lo que provoca, por la aplicación de la más sencilla matemática, que seamos turistas más pobres. Basta observar que entre 2019 y 2024 el salario medio en España ha avanzado un 17,4 por ciento, (1.988 euros al mes) mientras que el IPC ha avanzado un 21,6 por ciento y el precio de los paquetes turísticos nacionales se ha incrementado un 52 por ciento en el último lustro. Es decir, el coste de las vacaciones se ha incrementado tres veces más que los sueldos desde el último año previo a la pandemia. El hecho de que los españoles sigan yendo de vacaciones es una generalidad cada vez más frágil que se pone en cuestión si se mira un poco más de cerca. Cada familia, a su nivel, afina el ingenio para adaptarse a las estrecheces dentro de sus menguantes posibilidades. Los especialistas coinciden en un consenso de penurias creciente. Los recursos de las familias no alcanzan para el estirón de los precios, así que los que viajaban a destinos más caros lo hacen a otros más baratos o más cercanos, se eligen formas de viaje menos costosas –de esto da medida el auge imparable de las diferentes fórmulas de acampada– y se recortan los días de estancia. Aquellas vacaciones de un mes continuadas que permitían una desconexión real de la rutina parecen condenadas a desaparecer. Las familias que antes pasaban treinta días fuera ahora salen veinte y la cifra de días desciende progresivamente hasta que aquellos con menos recursos que solamente podían escaparse unos días se ven obligados a quedarse, por desgracia, en su casa. La desestacionalización de los viajes es otro de los signos de esta decadencia en cuanto muchas personas guardan días para pasarlos fuera en épocas que no son el verano para partir sus vacaciones y otros son obligados a ello para buscar temporadas en las que se lo puedan permitir. La reducción de las vacaciones está afectando a las familias como es natural, pero también a los grandes destinos que viven de la llegada de viajeros internacionales, aunque también del turismo español, y este flaquea en número de viajeros, pernoctaciones y gasto por un círculo vicioso entre economía doméstica y nacional, un mecanismo perverso de empobrecimiento que puede tener consecuencias negativas a una escala mayor que la obvia de la falta de descanso de los ciudadanos.

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