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Que tenga un Museo del Neón es una de las muchas curiosidades que quizás desconozcas de esta ciudad europea

Que tenga un Museo del Neón es una de las muchas curiosidades que quizás desconozcas de esta ciudad europea
Creado en 2005, Varsovia alberga la mayor colección del mundo de carteles de neón de la época de la Guerra FríaEl ADN delata una historia alternativa: los Piast, ¿un linaje extranjero en la Polonia medieval? Un curioso viajero siempre agradece, cuando visita una ciudad por primera vez, dar con algún elemento que sea difícil de ver en otro lugar. Es el caso del Museo del Neón de Varsovia, el primer y único museo de carteles de neón que se puede visitar en toda Europa albergando, por ejemplo, la mayor colección del mundo de carteles de neón de la época de la Guerra Fría. Fue creado en 2005 y actualmente se dedica a la documentación y conservación de los carteles de neón y el diseño electrográfico de ese periodo histórico. Este museo, que se encuentra repleto de cientos de deslumbrantes signos y símbolos electrográficos, muchos de ellos restaurados es, por méritos propios, uno de los lugares más visitados y fotografiados de Varsovia. Las coloridas y creativas luces de neón surgieron como un antídoto a la tristeza de la Guerra Fría en Polonia, comenzando en los años 50 a iluminar todo el país. Este periodo se conoció como la “neonización”, un término que abarca los múltiples significados detrás de esos tubos cargados de gas que iluminaban comercios, hoteles, cines y otros edificios. La “neonización” fue una decisión política de alto nivel, con el régimen comunista buscando mostrar una cara moderna y cosmopolita. Todo un antídoto que iba más allá de lo puramente estético y que hoy se puede entender con la perspectiva que dan los años pasados. Varsovia, una ciudad destruida durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruida por el estalinismo con avenidas anchas y moles de edificios de realismo socialista, era predominantemente gris. Tras la muerte de Stalin en 1953 y el posterior “deshielo” bajo Kruschev, se abrió una oportunidad para que los países satélites, como Polonia, buscaran un cambio. El neón se introdujo como un elemento político, de diversión, una mirada hacia el futuro y la vanguardia del diseño, con el objetivo de que Varsovia se uniera a la nómina de grandes ciudades europeas. Y poco a poco lo fue consiguiendo. Lo de los neones en todo caso no fue un asunto improvisado. El Ministerio de Comercio Interior polaco estableció regulaciones que favorecieron la instalación de neones, con normas específicas sobre colores, tipos de letra y aspectos técnicos. Aunque el bloque polaco salía del realismo socialista con sus estrictas normas artísticas, los diseñadores se lanzaron a iluminar la ciudad basándose en urbes de la época como Londres y París. Para los diseñadores, el interés era principalmente artístico y arquitectónico, no comercial, y muchos de ellos formaron parte de la reconocida Escuela Polaca del Cartel. Los mejores arquitectos y artistas visuales de la llamada “Era de la Neonización” en los años 50 se dedicaron a iluminar las calles de Varsovia. El “Grupo Neón” planificó la iluminación de la calle Pulawska, mientras que Eleonora Sekrecka y Zygmunt Stepinski fueron responsables de la calle Marszalkowska, donde aún se pueden ver neones clásicos como los del cine Luna o el milk-bar Prasowy. Cines, comercios, farmacias, hoteles y bibliotecas se vistieron de estas luces, añadiendo una nota de color al uniforme gris de la capital polaca. A pesar de la aparente unidad, existían diferencias en la percepción del fenómeno entre artistas y políticos. Los artistas veían el neón como una moderna forma de expresión y arte visual. Por otro lado, los políticos lo consideraban el vehículo perfecto para su propaganda, buscando proyectar una imagen de nación próspera y cosmopolita al mundo. Los letreros luminosos fueron instalados como parte de un programa estatal dirigido por las autoridades, con un plan preconcebido que los integraba en la arquitectura urbana. Este curioso museo se ubica en una pequeña nave dentro del recinto Soho Factory, en el emergente barrio de Praga Cuando la democracia llegó a Polonia en 1990, bajo el efecto de la Perestroika, muchos de los neones que alguna vez poblaron la ciudad fueron catalogados como un remanente de la “oscura época comunista” y, lamentablemente, fueron destruidos. Años después, despojados de su significado político original, los neones comenzaron a ser revalorizados como una muestra de electro-diseño, arte en la ciudad y un complemento arquitectónico que merecía ser conocido, valorado y protegido. La fotógrafa Ilona Karwinska inició un proyecto para captar este periodo, lo que eventualmente llevó a la creación del museo con la misión de salvar los neones polacos de la Guerra Fría. El Museo del Neón de Varsovia se ubica en una pequeña nave dentro del recinto Soho Factory, en el emergente barrio de Praga. La institución se ha dedicado incansablemente a la enorme tarea de salvar, documentar y preservar los últimos vestigios de la gran campaña estatal de “neonización”. Su colección permanente contiene cientos de carteles de neón totalmente restaurados y deslumbrantes, así como otros artefactos electrográficos. Pero el Museo del Neón no es lo único que sorprenderá a quien visite Varsovia. Tiene uno de los cementerios judíos más grandes del mundo, pero apenas hay población judía en la ciudad. Toman la cerveza con pajita. Es la capital del país desde hace más de 400 años y siempre ha mantenido una gran rivalidad con Cracovia. Ciudad muy verde, alberga la primera biblioteca pública del mundo en abrir sus puertas, cosa que hizo en 1747. Pese a su clima muy frío durante el invierno, instalaron una exótica palmera (artificial) en una rotonda del centro de la ciudad de 15 metros de altura. Por su parte, el Palacio de la Ciencia y la Cultura, que además es el edificio más alto del país con 231 metros, estuvo a punto de ser derribado porque los polacos querían olvidar la etapa de la Guerra Fría… aunque ahora es uno de los edificios más simbólicos de la ciudad. Y, para los amantes de la música, es notable saber que los restos de Chopin, nacido en Varsovia, están en París excepto su corazón, que se encuentra exactamente en la iglesia de la Santa Cruz.

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